China en el espacio.

27 09 2008

Zhai Zhigang, un astronauta de 42 años realizó ayer el primer paseo espacial chino de la historia. Fueron quince minutos emocionantes seguidos por televisión en directo, por millones de ciudadanos. Fue un paseo breve y discreto, como fueron los primeros de la URSS y EE.UU de hace cuarenta años; apenas salir de la nave, agitar una bandera nacional, recoger una pieza de lubricante sólido colocada en el fuselaje de la nave y regresar, ayudado por su compañero Liu Boming. El astronauta se demoró un poco abriendo la escotilla, y cuando la luz solar reflejada en la Tierra entró bruscamente en la cápsula se produjo una sensación de sobresalto. Al asomar, Zhai Zhijang dijo; “ya estoy fuera y me encuentro muy bien. En nombre de la tripulación del “Shenzhou-7″, saludo a todo el pueblo de China y a todos los pueblos del mundo”. Pocos instantes después, mientras Zhai agitaba la bandera de China, ya en el exterior, se escuchó una voz que desde el centro de control decía; “se ha detectado un incendio en la cápsula”. Mas tarde, los expertos confirmaron que todo había sido un error de percepción…

El año 2008 ha sido tan intenso y emocionante para China, que es difícil saber por qué y cómo será recordado por sus ciudadanos. En febrero tuvieron el peor temporal de nieve y hielo en medio siglo, con millones de ciudadanos bloqueados durante las fiestas del año nuevo chino, algo parecido a nuestra navidad pero sin religión y en más. En primavera estalló la dramática revuelta tibetana, seguida de la reacción civil china reclamando su derecho a la opinión en aquel complicado pleito. Luego el catastrófico terremoto de Sichuan con su enorme mortandad y destrucción, pero también con aquella tremenda explosión de solidaridad y emotiva autoorganización espontánea. Y en agosto llegaron los juegos olímpicos, que, pese a los esfuerzos por aguarlos, fueron una fiesta tranquila, elegante y magnífica. El paseo espacial de ayer forma parte de esa serie.China es un país grande en su discreción, pero que ya es muy difícil de ignorar. Todas sus grandes manifestaciones de este año han tenido algo de glorioso, porque han expresado la enorme fuerza de una sociedad discreta y tranquila. Una sociedad nueva que está naciendo en la más anciana de las naciones. En una época en la que el mundo choca con los problemas de aquel invento occidental que se llama civilización industrial, en un momento en que los vicios de aquel modelo, la guerra moderna, la desigualdad rampante, la quiebra financiera, la insostenibilidad y la contaminación, adquieren proporciones definitivas, el resurgir de China es uno de los raros contrapuntos.

Este es el país en el que más se habla de sostenibilidad –las razones son manifiestas- y el único que pone la nivelación social en un lugar central de su discurso político. Es, sin duda, el más indiferente al militarismo y al imperio. Las esperanzas de grandes hombres del Siglo XX de Occidente, en que China nos ayudara a salir del atolladero, son hoy más actuales que nunca.

Desde siempre, China fue el país más próspero, más sofisticado, más pacifico y más longevo, es decir el mejor gobernado, del mundo. En términos históricos, lo que ocurrió desde el siglo XIX hasta el nacimiento de la República Popular China, fue un instante. Si lo que estamos presenciando es, como se sospecha, un regreso a aquel estatuto de grandeza de siempre, es una buena noticia para un mundo muy complicado que carece de ellas. China tiene mucho que aprender, pero su grandeza –y su gran diferencia con el occidente europeo- es que se considera profundamente imperfecta. El hombre chino sabe escuchar y aprende. No pretende enseñar a vivir a los demás, y, aparentemente, no aspira a dominar, por lo menos fuera de sus fronteras. Viene de muy lejos y tiene a su favor, la experiencia de quien ha sido grande y también miserable, de lo que se desprende una sabiduría particularmente sólida. China no necesita lecciones, necesita tiempo y un clima tranquilo para poner su casa en orden. Luego, quizá pueda contribuir a reordenar el mundo, a unificarlo para afrontar la crisis global. Ese ha sido el mensaje del 2008 chino. Naturalmente, para quien haya sabido leerlo. El bruto, el vehemente, el bárbaro, no es capaz de ver nada, no sabe leer. Y esos somos nosotros, como decían, hace ochenta años, gente como Bertrand Russell, Henry Michaux y Arnold Toynbee. (La vanguardia)

 

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