Crisis financiera en imágenes.

20 10 2008

 

Esta vez, creo que una imagen habla mas que mil palabras.

[Fuente]





Los costos del rescate.

19 10 2008

Los gobiernos de varios países del mundo están invirtiendo miles de millones de dólares de los contribuyentes para rescatar a la banca y al sistema financiero. Las bolsas respiran aliviadas, pero ¿cuáles serán los costos de la salvación?

Analicemos una parte de la factura. En el Reino Unido se nacionaliza la banca parcialmente con US$88.000 millones de dólares, en Estados Unidos con US$250.000 millones de dólares, en Alemania con US$109.000 millones de dólares, y en Francia con US$55.000 millones de dólares, sólo por citar algunos países.

Todo ese dinero sale del gasto público. Eso significa que los gobiernos gastarán más recursos del presupuesto de lo que habían pensado.

La pregunta entonces es ¿de dónde salen ese dinero? Principalmente de dos fuentes: la recaudación de impuestos y la contratación de deuda.

¿Vale la pena el sacrificio? Los gobiernos son optimistas y aseguran que el plan reactivará el mercado crediticio y detendrá -o minimizará- la recesión económica.

También creen que, en el mediano plazo, los bancos se recuperarán a tal nivel que entonces los gobiernos podrán vender su participación en ellos, obtener ganancias y resarcir la deuda.

Pero, ¿y si el plan no funciona en el largo plazo?

“No hay por qué pensar que no va a funcionar. Puede ser más o menos costoso dependiendo de cuánto dinero inviertan los gobiernos y recordando que, al final, antes o después, serán los contribuyentes los que tendrán que pagar la cuenta a través de los impuestos que recauda el gobierno”, responde a BBC Mundo Rafael Pampillón, analista del Instituto Empresa de Madrid, en España

El especialista dice que, históricamente, los gobiernos han ayudado en mayor o menor medida al sector bancario, por lo que es difícil que el plan no funcione.

Sin embargo reconoce que el costo será alto, pero necesario. Y es que, como otros analistas económicos, Pampillón cree que la factura sería mucho mayor si no se rescata a la banca, lo que tendría consecuencias económicas muy graves.

Los riesgos, sin embargo, están ahí. Si los planes de rescate no son suficientes, los gobiernos tendrían que inyectar más y más recursos a los bancos, generando más cargas al presupuesto público.

Si eso sucede, entonces el gobierno en cuestión tendrá que escoger entre aumentar los impuestos, aumentar la deuda, o recortar el gasto.

Eso significaría que los contribuyentes tendrían una doble carga o que las autoridades tendrían que olvidarse de gastos en educación, salud o infraestructura, por citar algunos ejemplos.

Ya afecta

En algunos países los costos ya se sienten en el bolsillo público. En España, por ejemplo, la deuda pasará del 37% al 42% del Producto Interior Bruto (PIB) debido al paquete de rescate.

En Estados Unidos las intervenciones del gobierno en la crisis contribuyeron a disparar el déficit presupuestario a US$450.000 millones, pero podría llegar hasta US$700.000 millones el próximo año.

En el Reino Unido, los analistas señalan que el déficit en el presupuesto podría alcanzar los US$57.000 millones, por encima de los US$43.000 que el gobierno pronosticó en pasado marzo.

Los costos, además, alcanzan esferas distintas a la economía. Las metas del milenio fijadas por la ONU para combatir la pobreza están en riesgo, igual que el combate al cambio climático. Esto porque en una época de contracción económica, los gobiernos recortan gastos que consideran prescindibles.

¿Y si los bancos no prestan?

Uno de los objetivos de los distintos planes de rescate es conseguir que los bancos se presten entre ellos y le presten de nuevo a las empresas y a los individuos

De hecho en el Reino Unido una de las condiciones que el gobierno impuso a los bancos que pidieron su intervención fue que tenían que dar créditos a las pequeñas y medianas empresas y a la gente que quiera comprar vivienda.

Pero eso no significa que los bancos volverán a prestar dinero tan fácilmente. Una de las lecciones de esta crisis es la prudencia, por lo que cabe esperar que a lo sumo, estas instituciones regresen los préstamos a los niveles de 2007.

Poco a poco la tasa de préstamos interbancarios en dólares a tres meses comienza a ceder, acercándose al 4%, pero aún lejos del 2,8% en el que se situaba en septiembre.

Y eso debería generar la confianza suficiente como para recuperar el ánimo de otorgar préstamos. Si eso ocurre, entonces podrán comenzar a medirse los estragos que la volatilidad financiera causó en la economía global, lo que, a su vez, podría afectar una vez más la disposición bancaria a reactivar los créditos.

¿Y si todo funciona?

Entonces los gobiernos no tendrán que desembolsar más dinero para rescatar a los atribulados bancos, el crédito fluirá nuevamente y los mercados regresaran a sus niveles normales.

Podría ocurrir, incluso, que en un par de años los bancos regresaran a terreno positivo, y ahí sí el gobierno podría obtener ganancias.

“Es cierto que si los bancos se recuperan y en el futuro obtienen beneficios podrían entonces privatizar las acciones que tengan en estas empresas y utilizar ese dinero para pagar la deuda social”, afirma Pampillón.

Pero ¿serán los beneficios suficientes como para compensar el alto costo? “Absolutamente”, responde el economista.

Aunque no todo es optimismo. Está claro que, independientemente de si los planes funcionan o no, el daño ya está hecho y la recuperación podría llevarle años a los países desarrollados, cuyos gobiernos y bancos tendrán que apretarse el cinturón antes de que la economía se recupere totalmente. [Fuente]

 





Llega crisis global a México.

19 10 2008

Pese a discursos del presidente Felipe Calderón y de Agustín Carstens, titular de Hacienda, el impacto es mayor, en especial en el tipo de cambio

Felipe Calderón y Agustin Carstens

Felipe Calderón y Agustín Carstens

La crisis global llegó a México. Pese a discursos de Felipe Calderón y de Agustín Carstens, el impacto es mayor, en especial en el tipo de cambio.

 

Analistas mantenían su escepticismo sobre el blindaje mexicano, como enfatizaban autoridades financieras, por la estrecha vinculación de México con Estados Unidos en comercio (80% de nuestras exportaciones van al vecino y éstas bajaron su crecimiento anual de 24% a 5% desde abril) y en flujo de trabajadores al norte (son la segunda fuente de ingresos para el país y cuyas remesas bajaron 12% respecto a diciembre de 2007).

El deterioro se notó en la caída del peso: en los últimos 75 días se depreció 27% y la Bolsa de Valores sufrió una pérdida de 16% en ese lapso y de 31% respecto a su máximo del 21 de abril.

Según el Banco de México, bonos mexicanos en manos de extranjeros bajaron en las últimas dos semanas en 3 mil 465 millones de dólares.

Analistas estiman que el crecimiento sea negativo o cero en la segunda mitad de este año en EU y una recesión prolongada allá llevaría a México a un crecimiento menor. [Fuente]

 





¿Qué tiene que ver el precio del petróleo con la crisis económica?

17 10 2008

Mucho. En los últimos meses hemos sido testigos de una creciente espiral en el precio del llamado “oro negro” debido principalmente a la demanda tanto de países desarrollados como Estados Unidos o el Reino Unido, como de países en vías de desarrollo como China o India.

La demanda ha sido tan grande, que ha rebasado la capacidad de producción de los países exportadores generando así un alza inflacionaria en el combustible fósil.

Precio del barril del petróleo en dólares
Gráfica del precio estimado del barril de petróleo
Fuente: OPEP

Pero eso se acabó. La amenaza de la recesión mundial desincentiva casi en forma automática la demanda por este combustible.

En Estados Unidos, por ejemplo, ante la falta de dinero la gente maneja menos, por lo que compra una menor cantidad de gasolina, lo que a su vez eleva los inventarios del combustible y reduce la demanda.

Lo bueno

Cuando el precio del petróleo cae, ocurren cosas buenas y malas, dependiendo de quién lo analice.

Del lado del consumidor, sobre todo en los países desarrollados, es una de las pocas buenas noticias que llegan en estos tiempos de incertidumbre económica. Quienes manejan podrán ahorrar dinero en el precio de combustible y destinarlo a otros gastos o a ahorro.

Además, uno de los más grandes damnificados del alza en el valor del crudo ha sido el precio de los alimentos que ahora podría reducirse.

Todo esto significa que, ante la desaceleración económica, la caída en el precio del petróleo podría actuar como un estímulo para la economía real.

Esto tomará más tiempo en América Latina. Alejandro Barbajosa (especialista en petróleo de la empresa Argus Media, con sede en Londres) recuerda que en los países de la región el precio del combustible está subsidiado, por lo que el impacto benéfico no se sentirá de manera directa.

Lo malo

El presupuesto de los países exportadores de petróleo dependen en gran medida de los ingresos por la venta del combustible y, al caer su precio, tienen menos dinero disponible para gastar en obras públicas o inversiones sociales.

Además, una reducción en estos ingresos implica que los planes de exploración de nuevos yacimientos petroleros se retrasarían, poniendo aún más presión sobre el futuro de este combustible que, recordemos, no es renovable.

El problema es que la mayoría de los países productores dependen de la inversión privada para llevar a cabo estos proyectos y los inversionistas podrían retirase si creen que el negocio no es rentable.

La OPEP sabe que si el precio del petróleo sigue bajando, varios de sus agremiados -como Irán y Venezuela- podrían verse en problemas. Por ello se espera que en la reunión anuncien medidas para que los inventarios decrezcan, la demanda aumente y el precio se estabilice.

Precio estimado del petróleo en el presupuesto
Gráfica del precio estimado del petróleo en México y Venezuela
Fuente: Presupuestos públicos

América Latina

Venezuela y México son dos de los productores más grandes de la región y podrían ser los primeros en sentir su impacto. Las finanzas de ambos países dependen en buena medida de los ingresos por la venta del combustible.

En el caso venezolano, el crudo representa casi la mitad de sus ingresos, mientras que en el de México se trata aproximadamente de una tercera parte del total.

Cada año, los gobiernos de estos países envían al Congreso el presupuesto para el siguiente año con una estimación del precio del petróleo y los ingresos que éste puede proporcionarles.

Aunque ambos tratan de ser conservadores, la realidad es que se trata de un juego de adivinanzas. Y las cosas para el 2009 no pintan bien. Venezuela espera que el precio del barril de crudo esté, en promedio, en US$60, mientras que México lo estima en US$80 dólares.

En los dos casos, los congresistas pueden hacer ajustes a este cálculo, pero es difícil que el cambio sea drástico.

El problema es que si el valor del barril cae por debajo de lo estimado, las autoridades de estas naciones dispondrán de menos dinero del que habían pensado y entonces tendrían que recortar gasto o endeudarse más. Ninguna de las dos opciones parece una buena noticia.  [Fuente]





¿Por qué caen los mercados?

17 10 2008

Seguramente en las últimas semanas has visto que los mercados financieros por todas partes. Para que comprendas mejor la importancia de éstos en las economías, te ofrecemos una explicación.

Las últimas sesiones de las plazas bursátiles del mundo no han hecho otra cosa más que reflejar los temores y la incertidumbre sobre el estado actual de la economía global.

Los efectos de la crisis hipotecaria, generada por las llamadas hipotecas subprime (préstamos de alto riesgo), terminaron por arrastrar al sector financiero, debido a que los grandes bancos internacionales realizaron cuantiosas inversiones en este sector, originando un contagio global.

De esta manera, el gobierno estadounidense se vio obligado a rescatar a las dos más grandes hipotecarias de ese país (Freddie Mac y Fannie Mae). Pero el problema no termina ahí. El Tesoro de EU tuvo que salvar también a las más grandes instituciones financieras de ese país; rescates que no sólo quedaron en EU, sino también en Europa, donde se diseñaron planes de rescate financieros.

Lo anterior ocasionó que los participantes ignoraran las cifras alarmantes: las de la economía de EU, que desde inicio de año se han mostrado débiles e, incluso, antes de que se agudizaran los problemas financieros (con la declaración en banca rota de Lehman Brothers), se hablaba de que el fantasma de la recesión estaba rondando.

Recordemos que en una economía, el sistema financiero es fundamental, por ello, ha sido prioridad encontrar la manera de hacerle frente a la crisis.

  • Es el turno de la economía

Hoy que los gobiernos de las principales economías lograron coordinarse para enfrentar los problemas financieros, las miradas de los inversionistas regresan nuevamente a las cuestiones económicas, donde todo indica que la debilidad se mantendrá en los siguientes meses.

Recordemos que las últimas cifras económicas de EU han reforzado la idea de que el país se dirige hacia la recesión (la actividad industrial y el desempleo han resultado alarmantes en los últimos meses). Incluso, la Fed de San Francisco considera que EU ya está en recesión.

  • Serpientes y escaleras

En resumen, aunque los mercados registraron un rebote sin precedentes el lunes 13 de octubre, el nerviosismo y la inestabilidad aún persisten, ahora ante las preocupaciones que han surgido por los efectos que la crisis ya causó en las economías.

Además, la inestabilidad irá acompañada de los reportes trimestrales de las empresas, que en estas semanas serán publicados y que, según analistas, reportarán débiles cifras. Ahora, si éstas resultan peor a lo estimado, los inversionistas no dudarán en vender sus papeles y las bolsas seguirán cayendo, incluyendo a la BMV. [Fuente]





El mito del colapso norteamericano.

13 10 2008

“Como es mi intención escribir algo útil para los interesados, me pareció más conveniente buscar la verdad por el efecto de las cosas, que por lo que de ellas se puede imaginar.”  [Maquiavelo, El Príncipe, 1513]

José Luis Fiori, profesor de economia y ciencia politica en la Universidad pública de Rio de Janeiro

José Luis Fiori, profesor de economía y ciencia política en la Universidad pública de Río de Janeiro

Escrito por Jose Luis Fiori.

El pasado 6 de octubre de 2008, la crisis financiera norteamericana desembarcó en Europa, y repercutió en todo el mundo de forma violenta. Las principales bolsas de valores del mundo registraron caídas significativas,  gobiernos y bancos centrales tuvieron que intervenir para mantener la liquidez y el crédito de sus sistemas bancarios. En este momento, ya no caben dudas: la crisis financiera que comenzó por el mercado inmobiliario de alto riesgo en los Estados Unidos se transformado ya en una crisis profunda y global que ha destruido una cantidad fabulosa de riqueza y terminará por alcanzar de manera  más o menos extensa, desigual y prolongada a la economía real de los EE.UU. y de todos los países del mundo. Muchos bancos y empresas seguirán quebrando, nacerán rápidamente nuevas normas e instituciones, y se dará en los próximos meses una gigantesca centralización del capital financiero, sobre todo en los Estados Unidos y en Europa. Los bancos y organismos multinacionales siguen paralizados e impotentes, y se afianza por doquiera la tendencia a la estatización de empresas, a la regulación de los mercados y al aumento del proteccionismo y del nacionalismo económico. Mírese como se mire, terminó la “era Tatcher-Reagan”, y el “modelo neoliberal” anglo-norteamericano cayó al basurero de la historia, junto con las ideas económicas hegemónicas de los últimos 30 años. Como contrapartida, incluso sin hacer proselitismo explícito, tendría que ganar puntos, en los próximos meses y años, en todas las latitudes, el “modelo chino” nacional-estatista, centralizado y planificador.

En medio del ensordecedor tiroteo, se hace difícil pensar. Tal vez por eso, se multiplican en la prensa y en la academia los adjetivos, las exclamaciones y las profecías apocalípticas, anunciando el fin de la supremacía mundial del dólar y del poder global de los EE.UU, o del propio capitalismo norteamericano. Y eso, al mismo tiempo que los gobiernos y los inversores de todo el mundo se están refugiando en el mismísimo dólar y en los títulos del Tesoro norteamericano, a despecho de la bajísima rentabilidad de los mismos y pesar de que el epicentro de la crisis se halle en los Estados Unidos. Y lo más interesante es que son los gobiernos de los Estados que estarían supuestamente amenazando la supremacía estadounidenses quienes, los primeros, se refugian en la moneda y en los títulos norteamericanos. Para explicar este comportamiento aparentemente paradójico, es preciso dejar de lado las teorías económicas convencionales sobre el “patrón-oro” y el “patrón-dólar”, no menos que las teorías políticas convencionales sobre las crisis y “sucesiones hegemónicas” dentro del sistema mundial.

Comencemos por la paradoja de la “fuga hacia el dólar” como respuesta a la crisis del propio dólar. Aquí es preciso entender algunas características específicas y fundamentales del sistema “dólar-flexible”. Desde la década de 1970, los EEUU se transformaron en el “mercado financiero del mundo”, y su banco central (la FED) pasó a emitir una moneda nacional de circulación internacional, sin base metálica, administrada a través de las tasas de interés de la propia FED y de los títulos emitidos por el Tesoro norteamericano, que actúan en todo el mundo como la base del sistema “dólar-flexible”. Por eso “la casi totalidad de los pasivos externos norteamericanos es denominada en dólares y prácticamente todas las importaciones de bienes y servicios de los Estados Unidos son pagadas exclusivamente en dólares. Una situación única, que genera enorme asimetría entre el ajuste externo de los EEUU y los demás países […] De aquí, también, que la remuneración en dólares de los pasivos externos financieros norteamericanos, todos denominados en dólares, siga de cerca la trayectoria de las tasas de interés de su propia “deuda externa”. (1)  De una mágica poderosa y una circularidad imbatible, porque se sustenta de forma exclusiva en el poder político y económico norteamericano. Ahora mismo, por ejemplo, para enfrentar la crisis, el Tesoro norteamericano emitirá nuevos títulos que serán comprados por los gobiernos e inversores de todo el mundo, como justifica el influyente economista chino, Yuan Gangming, al afirmar que “es bueno para China invertir mucho en los Estados Unidos, porque no hay muchas otras opciones para sus reservas internacionales de casi 2 billones de dólares, y las economías de China y EE.UU. son interdependientes”. (FSP, 24/11)

Por lo demás, desde el punto de vista de la jerarquía mundial, sí esta crisis fuera administrada de manera estratégica por el gobierno norteamericano, podría reforzar, y no debilitar, la posición futura de los EEUU dentro del sistema mundial. Mas, para entender esta segunda paradoja, es necesario ir un poco más allá de la economía y las finanzas, y analizar con cuidado el origen del desencadenamiento de las crisis y de la competencia entre los Estados nacionales.

En primer lugar, casi todas las grandes crisis del sistema mundial fueron provocadas, hasta hoy, por la propia potencia hegemónica.

En segundo lugar, estas crisis son provocadas, casi siempre, por la expansión victoriosa (y no por la declinación) de las potencias capaces de derribar las normas e instituciones que ellas mismas crearon en un momento anterior, y que después se transforman en un obstáculo en el camino de su propia expansión.

En tercer lugar, el éxito económico y la expansión del poder de la potencia imperante es un elemento fundamental para el fortalecimiento de todos los demás Estados y economías que se proponen competir o “sustituir” a la potencia hegemónica. Así, finalmente, las crisis provocadas por la “exuberancia expansiva” de la potencia imperante afectan, en general, de forma más perversa y destructiva a los “competidores” que al propio hegemón, acostumbrado a recuperarse de forma más rápida y vigorosa que los demás.

Resumiendo: “a pesar de la violencia de esta crisis financiera, no debería haber un vacío en de ‘sucesión’ en el liderazgo político y militar del sistema mundial. Y, desde el punto de vista económico, lo más probable es que ocurra una fusión financiera cada vez mayor entre China y los Estados Unidos”. (2)

 

NOTAS: (1) Serrano F. (2008) “A economía Americana, o padrâo “dólar-flexível” e a expansâo mundial nos anos 2000″, in J.L. Fiori, F. Serrano e C. Medeiros, Ed. Récord, Río de Janeiro p. 83. (2) Fiori, J.L. (2008) “O sistema mundial, no inicio do século XXI, in J.L. Fiori, F. Serrano e C. Medeiros, Ed. Récord, Río de Janeiro p. 65.





El desplome. Sin producción, sin ideas nuevas, ¿en qué se basa nuestra economía?

13 10 2008

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economia en 2001

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001

 

escrito por Joseph Stiglitz  

(Revista Sinpermiso)

Hace más de 75 años, la confianza en la economía de mercado recibió un duro golpe cuando el mundo se hundió en la Gran Depresión. Adam Smith había dicho que el mercado conduce la a la eficiencia económica y el bienestar de la sociedad, como si hubiera una suerte de mano invisible. Era difícil creer que Smith tuviera razón cuando uno de cada cuatro americanos carecía de empleo. Algunos economistas mantuvieron su fe en la autorregulación de los mercados; decían que bastaba con tener paciencia, que a largo plazo operarían las fuerzas restauradoras del mercado y nos recuperaríamos. Pero la réplica de Keynes gobierna el día a día: a largo plazo estaremos todos muertos. No podemos esperar. Actualmente incluso los conservadores creen que el Estado debe intervenir para mantener la economía en el pleno empleo o cerca de él.

Aquellos que creen en los mercados libres acaban de recibir otro duro golpe: aún no nos hemos hundido en una recesión “oficial”, pero ha pasado más de medio año desde que se creaban algunos nuevos empleos y, significativamente, nuestra fuerza de trabajo sigue creciendo. Si la Gran Depresión minó la confianza en la macroeconomía (la capacidad de mantener el pleno empleo, la estabilidad de precios y el crecimiento sostenido), la que está siendo ahora destruida es la confianza en la microeconomía (la capacidad de mercados y empresas de asignar eficientemente trabajo y capital). Los recursos estaban mal asignados y los riesgos, tan gravemente mal administrados que el sector privado tuvo que ir corriendo al Estado en busca de ayuda, no fuera cosa que desapareciera el sistema entero. Aun con intervención federal, he calculado en más de un billón y medio el desajuste acumulativo entre lo que nuestra economía podría haber producido -hemos invertido más en negocios reales que, por decir algo, en hipotecas para la gente a que no les alcanza el dinero para una casa- y lo que produciremos durante el período de disminución.

La culpa ha recaído justamente en los mercados financieros, porque es su responsabilidad asignar capital y administrar el riesgo, y su fracaso ha reavivado varias de las viejas preocupaciones de la izquierda política (y económica). Algunos veían desde hace tiempo con preocupación que el conjunto de la economía estadounidense, cuya la vinculación a la producción decrece y cuya dependencia del sector servicios (servicios financieros incluidos) crece, fuera una casa de tarjetas. Al cabo, ¿no son los productos sólidos -los alimentos que comemos, las casas en que vivimos, los coches y aviones que usamos para desplazarnos, el gas y el petróleo que nos proporcionan calor y energía- el “corazón” de la economía? Y, si ello es así, ¿no representan la parte mayor de nuestro producto nacional?

La respuesta es simplemente no. Vivimos en una economía del conocimiento, de la información y de la innovación. Porque de nuestras ideas podemos comer todo lo que podamos -y más de lo que deberíamos- con sólo un 2% de la mano de obra empleada en la agricultura. Aun con sólo un 9% de nuestra mano de obra en la industria, seguimos como el mayor productor de bienes industriales. Es mejor trabajar inteligentemente que duro, y nuestras inversiones en educación y tecnología nos han permitido disfrutar de mayor calidad de vida -y más larga- que nunca antes. El dominio de Norteamérica en tan variados campos de la alta tecnología es el testimonio del rendimiento real de esos gastos en soft. En efecto, pienso que haríamos bien si tuviéramos más recursos en esos sectores.

Pero el ver que nuestro éxito reciente se basa en una casa de tarjetas tiene más que una pizca de verdad. En los últimos años, los mercados financieros han creado un casino de ricos gigante, en que jugadores potentados pueden hacer apuestas de billones de dólares contra otros. Estoy entre quienes creen que debe permitirse a los adultos gran libertad en lo que hagan, mientras no perjudiquen a otros. Pero ahí está la fricción. Esos dilapidadores no se juegan solamente su propio dinero. También se juegan el de otra gente. Ponen en riesgo todo el sistema financiero, esto es, todo el sistema económico. Y ahora todos pagamos el precio.

 

Los mercados financieros han sido considerados como el cerebro de la economía. Se supone que asignan capital y administran el riesgo. Cuando hacen bien su trabajo, las economías prosperan. Cuando lo hacen mal, como estamos aprendiendo de nuevo, todo el mundo sufre. Los mercados financieros son ampliamente recompensados por su trabajo -en años recientes han recibido más del 30% de los beneficios empresariales- y mantra habitual en economía fue que esas recompensas fueran proporcionales a su beneficio social. Esto es, los brujos financieros pueden irse con una gran cantidad de dinero, pero el resto de la sociedad está en mejor posición económica porque nuestro capital genera mucha más productividad que en sociedades con mercados financieros menos desarrollados -y menos recompensados-. Parte de las recompensas que acumulan para los mercados financieros son para promover la innovación a través de empresas de capital de riesgo y similares.

Pero no todas las innovaciones aumentan el bienestar, ni siquiera cuando aumentan los beneficios. Por ejemplo, los beneficios del tabaco pueden haber aumentado cuando la industria tabaquera ha desarrollados productos más adictivos, pero difícilmente puede decirse que haya mejorado la posición de quienes murieron como resultado de ello ni la de sus familias ni la de los contribuyentes que tuvieron que cargar con la cuenta de los costos sanitarios aumentados. Compañías alimenticias que actualmente, aprendiendo de la experiencia del mismo libro de jugadas, desarrollan productos que conducen al comer compulsivo -con la resultante epidemia de obesidad- pueden tener beneficios crecientes, pero no los obtiene el bienestar social. Microsoft fue ingenioso en sus estrategias para apalancar el poder monopólico que tenía mediante el control sistema operativo de los PC; aumentó sus beneficios, pero mediante la aniquilación de rivales como Netscape, eso tuvo un efecto escalofriante en innovación.

La tarea de desenmarañar todo lo que iba mal en nuestro sistema financiero es una dificultad, pero, en esencia, la última innovación del sistema financiero fue inventar estructuras de honorarios a menudo lejos de la transparencia y que le permite generar beneficios enormes, recompensas privadas no proporcionales a sus beneficios sociales. Las imperfecciones informativas (resultado de la no transparencia) condujeron a imperfecciones competitivas, lo que contribuye a explicar por qué el tope de beneficio habitual que la competencia conduce a cero parecía no obtenerse. Uno debería haber sospechado que algo iba mal cuando un banco tras otro obtenía tanto dinero año tras año. Uno debería haber sospechado que algo iba mal en el sistema económico cuando millones de americanos debían miles de millones a compañías de tarjetas de crédito y bancos en “cargos por atraso”, “penalizaciones” y multiplicidad de cargos, transformando una tasa de interés anual del 20% en una usurera tasa de interés efectivo del 100% o más para quienes se rezagaban en los pagos.

Acaso los peores problemas -como los del mercado hipotecario subprime– sucedieran cuando las no transparentes estructuras de honorarios interactuaron con los incentivos para la adopción de riesgo excesivo en que los directores financieros lograron mantener altos rendimientos un año, incluso si esos rendimientos eran más que compensaciones por pérdidas durante el siguiente. Detrás de la crisis subprime había hipotecas diseñadas para promover la refinanciación de viviendas, un esquema piramidal que generaban miles de millones de dólares en honorarios para la compañía hipotecaria mientras los precios de la vivienda siguieran aumentando. Era inevitable que la burbuja reventara. Pero, para entonces, los beneficios que se han embolsado asegurarían de por vida a esos brujos financieros o, al menos, ésa era su esperanza.

Por decirlo de otra manera, habían asignado capital y riesgo en el sector financiero de una forma que alimentó la economía, que les habría dado generosos beneficios. Pero querían más y, así, establecieron estructuras de incentivos que promovían el juego. Si jugaban y ganaban, se podían ir con una parte de los beneficios. Si jugaban y perdían, los inversores soportarían las consecuencias. Era casi como si todo el sistema financiero se hubiera convertido en un casino gigante en que el sistema estaba amañado para garantizar la marcha del juego con enormes rendimientos a expensas de los jugadores. Pero en Las Vegas y Atlantic City el juego era casi de suma cero: los beneficios de los propietarios del casino eran aproximadamente iguales a las pérdidas de los jugadores. El sistema financiero-casino, por otra parte, es un juego de suma negativa. Ésos en Wall Street han podido marcharse con miles de millones, pero esos miles de millones han quedado diminutos por los costes que hemos tenido que pagar el resto de mortales. Algunos han perdido sus hogares y ahorros -huelga decir nada de los sueños sobre su propio futuro y el de sus hijos-. Otros son inocentes que se resistieron a las falsas promesas de los corredores hipotecarios y de las compañías de tarjetas de crédito, pero ahora, cuando la economía flaquea, se encuentran fuera de sus empleos. Y los pobres son perjudicados en medida en que los ingresos estatales caen en picado, forzando recortes en los servicios públicos.

Los males actuales en el sistema financiero de América no son un accidente aislado, uno de esos acontecimientos raros y que sólo suceden una vez cada cien años. En efecto, ha habido más de un centenar de crisis a escala mundial en los últimos 30 años. Sólo en los Estados Unidos habíamos tenido la crisis de las sociedades de ahorro y préstamo en 1989, los problemas punto com/WorldCom/Enron de los primeros años de esta década y ahora la quiebra subprime que se ha metamorfoseado en un desplome de mayor envergadura. Además de esos problemas nacionales, había problemas regionales: crisis inmobiliarias alimentadas por préstamos excesivos en Tejas y el suroeste a mediados de los ochenta y en California y Nueva Inglaterra a principios de los noventa. En cada uno de estos ejemplos, los mercados financieros fallaron en lo que supuestamente hacen: asignar capital y administrar riesgo. A finales de los noventa, por ejemplo, se asignó tanto capital a la fibra óptica que, en el momento del crack, se calcula que el 97% de ella no había visto la luz.

Brevemente, el problema de la economía estadounidense no es que tenga asignados demasiados recursos a las áreas “soft” y demasiado pocos a las “hard”. No hace falta que asignemos demasiados recursos al sector financiero y le recompensemos demasiado generosamente, a pesar de que puedan exponerse robustos argumentos a tal efecto. El problema es que se dedica demasiado poco esfuerzo a administrar los riesgos reales importantes -posibilitar a los americanos corrientes permanecer en sus hogares frente a las vicisitudes económicas-, mientras que se fue demasiado en la creación de productos financieros que aumentan el riesgo. Se ha gastado demasiada energía intentando hacer dinero fácil; se ha dedicado demasiado esfuerzo a aumentar beneficios mientras que no se ha dedicado el suficiente para aumentar la verdadera salud, si la salud viene de la producción o de ideas nuevas. Hemos aprendido una lección dolorosa, tanto en la década de los treinta como ahora: la mano invisible a menudo parece invisible porque no existe. En el mejor de los casos, es más que una pequeña parálisis. En el peor, la persecución del propio interés -la codicia empresarial- puede conducir  al tipo de apuro a que hoy se enfrenta el país.

Joseph Stiglitz es profesor en la Universidad de Columbia, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001 y coautor de The Three Trillion dollar War.